viernes, 29 de mayo de 2026

Reseña de un encuentro literario: Un homenaje a Ana Auslender

 


Con el fondo de una suave melodía de Mozart, la ceremonia de iniciación ha comenzado y me dispongo a escribir el acta. Me siento expectante al atravesar este momento. La hoja blanca está frente a mí, se me presenta y me invita al relato. Es una motivación desafiante que me conduce a querer contarles, con cierta fidelidad, lo que sucedió en el atardecer del 29 de mayo de 2007, un día de intenso frío otoñal.

Y sucede que, convocados al calor de la gran mesa, nuestra querida anfitriona inaugura un nuevo banquete de “buenas letras”.

Al inicio, y como un rico amuse-bouche, Encarna despliega sus dotes narrativas transformando el acta del pasado martes en un creativo relato con alma de cuento. Es una expresión más de la magia que florece en cada cita. Podríamos decir que, si José Donoso llama a su novela Un lugar sin límites en resonancia con la frase del Fausto de Marlowe («el infierno no tiene límites»), Antimusa es algo así como el “resplandor en la hierba”: una alegoría de ese sitio donde surge lo vivo con una gloriosa fuerza vital.

Noche tras noche, el encanto inspirador de cada uno de los integrantes del taller se descubre ante la lúcida mirada de Ana, quien con maestría literaria nos sorprende en cada encuentro. Así sucedió con la propuesta que nos invitó a explorar la novela de Donoso.

Y entonces llegó el ansiado momento de saber si todos la habían leído. Ana nos interroga: «¿Qué les pareció?». Entusiastas, Dani e Isi la vivieron fascinados; «densa», dice Lili; «llena de personajes grotescos», comenta nuestra compañera Ana, evocando las atmósferas oscuras de los cuadros de Goya.

Nuestra sabia maestra insiste con delicada profundidad gestáltica y nos pregunta: «¿Qué sintieron al leerla?». Surgen así sentimientos de una fina tristeza que llega hasta la melancolía en la voz de Cristi. Algunos compañeros, como Dani y Leo, confiesan sentir envidia ante la exquisita pluma de Donoso.

Quedó claro que esta novela, más allá de ser un excelente retrato sociológico perteneciente al Boom latinoamericano, es un movimiento que corta con la narrativa naturalista de la época: es un nutritivo abanico de aspectos universales de la condición humana.

El Olivo, el pueblo donde transcurre la historia, podría ser el reflejo de cualquier sitio pequeño, perdido e ignorado de nuestras extensas tierras latinoamericanas. Y si Donoso quiso simbolizar el progreso, lo colocó en Talca, esa ciudad pujante en vías de un desarrollo inminente. Volviendo al pueblo, el mismo está sumido, sojuzgado, y muchos de sus habitantes se encuentran en él casi atrapados y sin salida.

Hay un sitio que hace figura en forma permanente en el libro, y es casi el centro mismo del pueblo: el burdel. Allí llegan los hombres en busca de risas, vino y dispuestos a dejarse seducir por un ser muy especial: la Manuela. Un personaje que bien podría ser la protagonista de alguno de los films de Almodóvar.

Por un instante, a todos nos capturó la Manuela; así la vimos, y hubo una unánime coincidencia al decir que es el personaje central del relato. En el capítulo siete, el autor, con brillantes expresiones, nos muestra la trágica violación a la que fue sometida, ignorando ella la escondida y tramposa alianza entre, la Japonesa y Don Alejo, otro de los personajes clave.

Por momentos, la Manuela deja trasuntar una sentida tristeza, y en otros pasajes de la obra se la ve brillar como el centro animoso de las fiestas más plenas del lugar. De raíz errante, sabemos que huye de la severidad paterna con el temor de no ser aceptada. Se refugia de casa en casa y en una de ellas aprende a bailar; un recurso del que se vale para mostrarse como realmente desea ser: una mujer.

La Manuela desconoce que refugiarse en El Olivo no ha sido su mejor elección; en verdad, ha caído en una trampa. Esta situación la deja al descubierto en una paternidad que no asume en su totalidad y la enfrenta a su propia decadencia y vejez. Queda presa, como muchos de los habitantes del pueblo, de una autoridad casi demoníaca. Así, con tintes caudillescos, nos describe Donoso a Don Alejo: como un ser capaz de creerse con amplios poderes, que llega hasta a arrasar con la educación misma expropiando una escuela. Un personaje con una ambición sin límites.

Prosiguiendo con nuestro encuentro, al promediar la velada, luego de recordar escenas, personajes y ricos detalles de lo leído, surgen algunas preguntas interesantes. Como la que expresa Leo, quien nos incita a mirar: «¿Qué simboliza la Manuela en este relato?». Las respuestas quedan como incógnitas flotando en el aire de este mágico encuentro literario.

Así, en esta necesidad humana de «ver y no ver» expresada con éxito por Donoso, pudimos hablar de lo diferente, de lo distinto a nosotros, y nos preguntamos qué nos produce la cercanía con ello. Platicamos de los prejuicios, de las identidades confusas, de los trabajos que tienen mala prensa, de la dificultad de asumirse y de la muerte. Una muerte que el autor también explicita en su obra, solo que nos lleva a ver esa muerte lenta, sutil y hasta pecaminosa de un grupo de seres carentes de amor, reunidos en un pueblo sin rumbo y sin futuro. Algo tan cruel y siniestro como la muerte en vida.

Y Ana nos aclara: la novela puede ser leída como «el infierno en la tierra», donde el único descanso está en la desesperanza.

Para finalizar les diré que, si hablamos en términos de opuestos —es decir, de polaridades—, en contraposición a los sentimientos sombríos que surgen de la novela, la esperanza es lo que brota en el taller. Aquí se vivencia, cada martes, la maravilla de celebrar la vida.

Lili Calvo

 

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